PROPAGANDA (ISA. 36:2–20)
Los gobernantes de Asiria no solo eran brutales; también eran inteli-
gentes. Su objetivo era la riqueza y el poder, no simplemente la destrucción (comparar con Isa. 10:13, 14). ¿Por qué usar los recursos para tomar una ciudad por la fuerza si puedes persuadir a sus habitantes para que se rindan? Por ende, mientras supervisaba el asedio de Laquis, Senaquerib envió a su rabsaces, una especie de alto oficial, para tomar Jerusalén mediante propaganda.
¿Qué argumentos usó el rabsaces para intimidar a Judá? Isaías 36:2–20; Ver además 2 Reyes 18:17 al 35 y 2 Crónicas 32:9 al 19.
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El rabsaces presentó algunos argumentos bastante poderosos: Ustedes no pueden confiar en Egipto para que los ayude porque es débil y poco confiable. No pueden depender de Jehová para que los ayude porque Ezequías lo ofendió quitando sus lugares altos y altares en todo Judá, diciéndole al pueblo que adore en un altar de Jerusalén. De hecho, Jehová está de parte de Asiria y le dijo a Senaquerib que destruyera a Judá. Ni siquiera tienen suficientes hombres entrenados para montar dos mil caballos. Para evitar un asedio por el cual no tienen nada para comer ni beber, ríndanse ahora, y recibirán un buen trato. Ezequías no puede salvarlos, y como los dioses de todos los demás países conquistados por Asiria no los han salvado, puedo asegurarles que su Dios tampoco los salvará.
El rabsaces ¿estaba diciendo la verdad?
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Como había mucho de verdad en lo que decía, sus argumentos eran persuasivos. Lo respaldaban dos argumentos tácitos. En primer lugar, acababa de llegar de Laquis, a solo 48 kilómetros de distancia, donde los asirios mostraban lo que le sucedió a una ciudad fuertemente fortificada que se atrevió a resistirlos. Al conocer la suerte de los ejércitos y las ciudades en otros lugares que habían sucumbido a Asiria, ningún judío tendría motivos para dudar de que, desde la perspectiva humana, Jerusalén estaba condenada (comparar con Isa. 10:8–11). El rabsaces también tenía razón al decir que Ezequías había destruido varios lugares de sacrificio para centralizar la adoración en el Templo de Jerusalén (2 Rey. 18:4; 2 Crón. 31:1). Pero, esta reforma ¿había ofendido a Jehová, que era la única esperanza que le quedaba a su pueblo? ¿Los salvaría? ¿Podría salvarlos? ¡Le correspondía a Dios responder esta pregunta!